El pasado 19 de enero el FBI cerrĂ³ el sitio Megaupload por infringir los derechos de autor. El servicio de descargas contenĂ­a el 4 por ciento de toda la web y el 50 por ciento de los contenidos asociados a diversas pĂ¡ginas de descargas como Cuevana, Taringa o los cientos de miles de blogs y foros donde se comentan, evalĂºan y circulan contenidos reservados por derechos de autor. En estos dĂ­as pudimos observar de un modo concreto una experiencia que en general se nos presenta fuera de toda figuraciĂ³n. ¿DĂ³nde estĂ¡ la web? Durante estas semanas, millones de usuarios al clickear un link cayeron en el vacĂ­o ocupado por los escudos del FBI, el Departamento de Justicia Norteamericano y la IPR Center. Los archivos subidos a Megaupload estaban alojados principalmente en los servidores de dos compañías: Carpathia Hosting y Cogent Communications, quienes anunciaron el pasado 31 de enero que borrarĂ­an todos los archivos de Megaupload en el transcurso de las siguientes semanas. Durante los primeros quince dĂ­as del mes de febrero de 2012 va a ser borrado cerca del 4 por ciento de toda la web. ¿CuĂ¡ntos caracteres son el 4 por ciento de la web? ¿CuĂ¡ntos ceros y unos van a ser borrados? ¿Son mĂ¡s o son menos que los que fueron borrados en las mĂ¡s grandes quemas de libros y bibliotecas de la historia?


    Como señalĂ³ la prensa escrita, la decisiĂ³n del FBI fue llevada adelante en el marco de los debates internacionales a propĂ³sito de distintas leyes que se estĂ¡n proponiendo para regular la circulaciĂ³n de contenidos digitales. Las leyes S.O.P.A., P.I.P.A y el acuerdo A.C.T.A iniciativas legales impulsadas principalmente por las compañías Recording Industry Association of America (RIAA) y Motion Picture Association of America (MPAA), los gigantes del entretenimiento mundial. Enfrentadas a estas compañías nacidas en la era predigital, los gigantes de la web realizaron una llamativa protesta el 18 de enero: sitios de Google, Wikipedia, Wordpress, Mozilla y otros miles fueron apagados durante 24 horas como un gesto para dar a conocer su rechazo.
    Los derechos de autor, creados para proteger el trabajo de los artistas, estĂ¡n en el centro del debate. En los años 40 del siglo XIX, el escritor inglĂ©s, Charles Dickens, luchĂ³ en distintos viajes a los Estados Unidos por las regalĂ­as de sus obras que estaban siendo pirateadas en imprentas norteamericanas sin que Ă©l cobrara un centavo. LlevĂ³ adelante juicios y apoyĂ³ las iniciativas legales que avanzaban en ese sentido. Pocos años antes, en 1811, Friedrich Koenig habĂ­a inventado la imprenta a vapor que modificaba radicalmente los volĂºmenes de circulaciĂ³n y costos del libro impreso. El escritor profesional naciĂ³ tras esa transformaciĂ³n tĂ©cnica: junto a las imprentas industriales vinieron los periĂ³dicos, el mundo de la crĂ­tica, la esfera de opiniĂ³n pĂºblica, los sistemas de legitimaciĂ³n, las distintas instituciones que sostienen la creaciĂ³n verbal e incluso la alfabetizaciĂ³n masiva. En las ciudades industriales narradas por Dickens, mĂ¡s tarde vendrĂ­an otros sistemas de reproducciĂ³n tĂ©cnica que modificarĂ­an al resto de las artes: la fotografĂ­a, el cine y la grabadora: fotĂ³grafos y pintores profesionales, cineastas profesionales y mĂºsicos profesionales. El siglo XX edificĂ³ la industria de la cultura en base a modelos de negocios capaces de contener los volĂºmenes de circulaciĂ³n disponibles por esas formas analĂ³gicas de la tĂ©cnica. Los derechos de autor nacieron para defender el trabajo de los que producen contenidos.
    Los medios de circulaciĂ³n de esos contenidos durante la era analĂ³gica estuvieron en manos de las compañías editoriales, discogrĂ¡ficas o cinematogrĂ¡ficas. Estaba en sus manos la capacidad de copiar lo que los autores producĂ­an y distribuirlo. Mientras fueron empleadas variables fĂ­sicas continuas para representar de forma anĂ¡loga otras cantidades: sonidos en el disco de pasta y la cinta del casete o palabras en el papel y la tinta; los sistemas de negocios, de producciĂ³n y de derechos tuvieron un sentido. En la era digital van a tener indefectiblemente otro: la informaciĂ³n no necesita un soporte fĂ­sico continuo, sino que puede circular de forma discontinua y discreta (siempre igual a sĂ­ misma), por eso los medios de circulaciĂ³n de los contenidos estĂ¡n en manos de cualquiera que tenga una computadora conectada a la web.
    El cambio, tan grande como el de la imprenta de Koenig, estĂ¡ dando lugar a nuevos sistemas de legitimaciĂ³n de la creaciĂ³n estĂ©tica verbal, musical, cinematogrĂ¡fica y pictĂ³rica; estĂ¡ dando lugar a nuevas formas de la crĂ­tica y a otras estructuras en las esferas de opiniĂ³n pĂºblica: las viejas cartas de lectores de los diarios no se parecen a los comentarios en las notas de La NaciĂ³n, como asĂ­ tampoco las convocatorias a manifestaciones a travĂ©s de Facebook se parecen a los panfletos de papel. Si comparamos ambas revoluciones tĂ©cnicas lo nuevo no parece tan nuevo y la brecha no parece tan grande. La imprenta industrial marcĂ³ un modelo de la cultura, los artistas debĂ­an cobrar por la reproducciĂ³n y venta de sus obras; sobre ese modelo nacieron los intermediaros entre lectores y escritores; hoy, el modelo estĂ¡ en crisis y es necesario que pensemos nuevas formas para que los artistas vivan de lo que hacen.
    Pero asĂ­ como toda la estructura cambia, es probable que tambiĂ©n modifiquemos la misma idea de lo que entendemos por artista: antes de los siglos XVIII y XIX no existĂ­an los artistas como hoy (ayer) los entendemos; ¬¿por quĂ© vamos a seguir pensando a los artistas del mismo modo si aquello que les dio lugar, la reproducciĂ³n tĂ©cnica objetual y la mercantilizaciĂ³n objetual de las obras, estĂ¡ siendo radicalmente modificado? En las distintas disciplinas los artistas estĂ¡n pensando este asunto: los mĂºsicos vuelven a pensar cĂ³mo suenan cuando tocan en vivo, los cineastas en el valor de las reproducciones de Vimeo o Youtube, los fotĂ³grafos en quĂ© es lo que hacen cuando toman una instantĂ¡nea con las aplicaciones del iphone y los escritores en los blogs. Al tiempo que piensan en esos soportes tambiĂ©n evalĂºan quĂ© es lo que significa ser un artista.
    En 2008, Brett Gaylor dio a conocer su documental RIP: a Remix Manifesto en el que evalĂºa estos problemas en base a la figura de Girl Talk, un mĂºsico que realiza sus canciones en base a samples de otras bandas. Entre otros entrevistados, aparece en el documental Lawrence Lessig el fundador de Creative Commons y el mĂºsico y ex ministro de cultura de Brasil, Gilberto Gil. Lessig, el abogado que viene pensando desde hace tiempo en el copyleft, escribiĂ³ lo que en el documental llaman el manifiesto remixer:


1. La cultura se construye a partir del pasado.
2. El pasado siempre intenta controlar el futuro.
3. Nuestro futuro estĂ¡ perdiendo su libertad.
4. Para construir sociedades libres, debemos limitar el control del pasado.


En el caso de Megaupload el manifiesto dirĂ­a que la cultura se construye a partir de lo que los usuarios de internet podrĂ­an tener “a la mano” en la web, que el modelo de negocios perimido de las empresas de entretenimiento a travĂ©s del FBI es el pasado intentando controlar el futuro, que el 19 de enero perdimos libertad y que lo que tenemos que hacer es limitar lo que el siglo XX pueda hacer con el XXI.
     El film de Gaylor optĂ³ por el novedoso modelo de negocios que inaugurĂ³ la banda inglesa Radiohead cuando en 2007 puso su Ă¡lbum In Rainbows a la venta en internet sin ningĂºn tipo de intermediario, que cada cual pague lo que pueda.

















Pablo Luzuriaga
Buenos Aires, Argentina, EdM, 2012